Conocí a Juan Antonio Richart allá por el año 1990. Recién aprobada la oposición al Cuerpo Superior de Administradores Civiles del Estado, me incorporé, junto con mis compañeros de la XXVI promoción, al curso selectivo, que por entonces se impartía en la sede del Instituto Nacional de Administración Pública de la calle de José Marañón, en pleno barrio de Chamberí.

Juan Antonio, que formaba parte de la XV promoción, actuaba entonces como Subdirector General de Formación Superior y Planificación del INAP, y, por tanto, responsable de la organización y coordinación del curso selectivo de los nuevos funcionarios en prácticas. Como José Antonio no tenía trastienda ni doblez, desde un primer momento se veía como era: un hombre tranquilo, con maneras pausadas y siempre con una sonrisa un punto irónica en los labios: el sentido del humor inteligente era una de sus virtudes. Nos trató muy bien a los nuevos funcionarios, un poco despistados y con una combinación de impaciencia y preocupación por los futuros destinos. Mantengo, como seguro todos mis compañeros, un gratísimo recuerdo de esa época.

Volví a coincidir con Juan Antonio unos años después, cuando yo trabajaba en uno de mis primeros destinos, en el Ministerio de Cultura. En esos años él desempeñaba la Dirección General de Personal y Servicios del Ministerio de Justicia e Interior, puesto nada fácil como cualquiera que conozca la administración puede corroborar. Seguía tal como lo recordaba, tranquilo, sonriente y afable. No traslucía las preocupaciones propias del cargo que ejercía, que sin duda eran muchas, aumentadas sin duda por la época convulsa que atravesaba nuestro país. También tuve oportunidad de conocer a Ana, su esposa, una mujer encantadora.

La carrera profesional de Juan Antonio Richart está jalonada, como la de muchos de sus compañeros, por numerosos y muy variados destinos. Juan Antonio prestó sus servicios en ámbitos tan distintos como Interior, Presidencia, el Consejo Superior de Investigaciones Científicas o Sanidad. Incluso dio el salto a la empresa pública, ya que al final de su carrera fue nombrado Director de Personal de Navantia. Debido a ello, adquirió una amplia experiencia en muy diferentes sectores, si bien su especialidad, y en la que sentía más cómodo, era la gestión, en su doble vertiente económica y de personal. Creo que eso es lo que mejor lo define: Juan Antonio era, ante todo, un gestor. Un buen gestor. De los mejores que he conocido.

Pero, con ser importante su carrera administrativa, lo que más destacaba de él era su personalidad. Ya he dicho que era un hombre tranquilo, pero además era un buen hombre. Una buena persona y un buen compañero, y los que tuvieron la fortuna de tratarlo personalmente saben que no exagero. Siempre con una media sonrisa, pero nunca empleándola para herir a nadie; al contrario, en cuanto podía ayudaba a los compañeros.

Por eso, no me extraña que le fuera otorgado en 2016 el reconocimiento que supone el III Premio Gabriel Cisneros de la Asociación del Cuerpo Superior de Administradores Civiles del Estado, que le fue concedido en dura pugna con Pilar Aizpún, otra destacada y muy querida compañera.

Hace unos años comenzó una etapa muy difícil: luchó contra un cáncer de colon y consiguió superarlo, a pesar de las graves complicaciones que lo llevaron al quirófano en varias ocasiones. Aun así, no perdió el buen humor ni la serenidad que le caracterizaban y siguió desempeñando sus funciones de manera ejemplar, como siempre lo hizo. Desgraciadamente, el cáncer volvió a aparecer el año pasado y finalmente se lo ha llevado.

En el dolor de su fallecimiento, el pasado 10 de enero, nos queda el recuerdo de su bonhomía y su profesionalidad. Como afirmó muy expresivamente Ana Pastor, a la sazón Presidenta del Congreso de los Diputados, en la entrega del Premio Gabriel Cisneros: la reputación se compra con trabajo y esta reputación es la que te has ganado”.

Compartimos estos momentos de aflicción con Ana y sus hijos, Juan Ignacio, Ana y Elena, a los que acompañamos con nuestro más sentido pésame por su pérdida, que también es la nuestra.

Descanse en paz.

Madrid, a 11 de enero de 2021

Gregorio Moreno López

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